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¿Es cierto que la tartamudez no puede ser curada antes de los 7 años?

¿Es cierto que la tartamudez no puede ser curada antes de los 7 años?

La madre de un niño que tartamudea me dijo que el terapeuta de habla anterior dijo que no había nada que pudiera hacer para ayudar a su hijo que ya había cumplido 7 años. Evidentemente, el terapeuta de habla había escuchado que no había cura para la tartamudez después de los 7 años y asumió que no tenía sentido continuar con la terapia.

Me sorprendió que la terapia de tartamudez en niños sea caracterizada de esa manera – aunque no tanto como se sorprendieron los padres. Entonces, así es como intenté salvar la situación:

Primero, me disculpé con el padre por la forma en la que se presentó esa información. Traté de calmar sus miedos y le aseguré que no era cierto que “no había nada que ella pudiera hacer”.

Luego, le expliqué que sí, es cierto que la probabilidad de dejar de tartamudear disminuye significativamente cuanto más tiempo tartamudea un niño, y le expliqué que es cierto que no existe una “cura” para la tartamudez en la edad escolar en adelante. Pero, también le expliqué que la situación simplemente no se termina en “¡Feliz cumpleaños, vas a tartamudear por el resto de tu vida!”.

Cuanto por más tiempo un niño tartamudea, más necesitamos prepararlo para afrontar la tartamudez de una manera efectiva para que no sea una carga en su vida ni le impida hacer lo que quiere hacer o decir lo que quiere decir.

Por supuesto, la mayor probabilidad de dejar de tartamudear de los niños pequeños es una de las principales razones por las que muchos especialistas prefieren intervervenir más temprano que tarde. Hay un argumento que indica que deben esperar un poco antes de intervenir (específicamente, muchos niños dejan de tartamudear por sí mismos), pero yo prefiero ser cauteloso y dar tratamiento y soporte a penas aparezca el riesgo de continuar tartamudeando – o, cuando los padres del niño estén preocupados acerca de la tartamudez.

En cuanto a la edad específica, es cierto que la probabilidad de recuperación disminuye bastante alrededor de los 6, 7 u 8. La razón parece estar asociada a la reducción de la plasticidad neuronal similar a la forma en que muchas personas les resulta más difícil aprender nuevos idiomas después de cierta edad. Pero no es un límite estricto, y ¡nunca se da el caso de que no hay nada que podamos hacer!

Utilizo la edad del niño como una guía aproximada para las metas que probablemente plantearé en la terapia:

Por ejemplo, para un niño menor de 7 años (aproximadamente), por lo general me enfoco en las metas relacionadas a ayudar al niño a desarrollar un habla típicamente fluida, mientras sigo trabajando para asegurar que el niño desarrolle actitudes de comunicación saludables y apropiadas, por si continúa tartamudeando.

Para un niño mayor a 7 años (aproximadamente), reconozco que la probabilidad de continuar tartamudeando es mayor, entonces pongo mayor énfasis en las habilidades y actitudes hacia la comunicación, mientras sigo trabajando para asegurar que el niño tenga herramientas para manejar su fluidez según lo necesite. Se trata de tener un balance entre las metas y las metas cambian a medida que el niño crece y disminuye la probabilidad de recuperación de la tartamudez.

¡La conclusión es que nunca debemos decirles a los padres que no hay nada que podamos hacer! El hecho de que no exista una cura para la tartamudez en los niños escolares y mayores no significa que no tengamos esperanzas y no significa que el niño esté condenado (que es lo que la madre sintió que le estaban diciendo).

Existe una gran esperanza de ayudar a los niños que tartamudean a superar las dificultades que puedan tener por tartamudear, independientemente si continúan haciéndolo o no. Eso es lo que queremos enfocarnos, no en si existe una cura o no.

Para obtener mayor información consulte esta entrada de blog “¿Qué pasa si mi hijo no se recupera?” y los diálogos de los padres en Terapia de Tartamudez en la Primera Infancia: Una guía práctica”.

Escrito por J Scott Yaruss / Traducido por Cynthia Dacillo